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dad lingtiistica
y la
escuela
en
las
zonas aborigenes
monolingi.ies.
Durante
muchos
aios,
el
tratamiento
de
cuanto
se
refiere
al
quechua
o
el
aymara,
se
ha visto
comprometido
en los
t6rminos
de
una
disputa
ideol6gica
totalmente extrafia
a la
naturaleza
del
asunto;
si
bien
es
cierto que
en
la
actualidad
ha
perdido vigencia
la
con-
tienda
entre
indigenistas
e
hispanistas,
no
es menos
cierto
que
las
actitudes de muchos hombres prominentes
en
el
pais
y
en
la
orien-
taci6n de
la
politica del Ministerio
de
Educaci6n
contin6a
bajo
el
influjo
de
este
tipo
de argumentos, que,
para
quienes
deseamos
man-
tenernos en
una
esfera exclusivamente t6cnica,
resultan
caducos
y
no
pertinentes.
La
rivalidad
fomentada paralelamente,
por
aquel
enton-
ces,
entre la sierra
y la
costa,
o
la
discusi6n sobre
los m6ritos del
cas-
tellano
y
la
supuesta carencia
de
una cultura
por
parte
de los
cam-
pesinos serranos,
son,
tambi6n,
objeciones
derivadas
de
un
mal
en-
tendido
acerca
de
lo
que
es
el
fen6meno
lingiiistico
y
de
la
reali-
dad
del
Per(.
Por otro
lado,
los
quechu6logos,
disputando
entre
ellos
mismos,
han contribuido
a
preservar
Ia
desfiguraci6n
de
esa
realidad
y
a
obscurecer
las
soluciones
racionales.
Se
les
ha
visto
discutir
acerca
de
la
mayor
o
menor importancia,
de
la
menor
o
mayor
nobleza
del
quechua
de una
regi6n
o
de
otra,
asi
como,
con
empeffo an6logo, se
les
ha visto reducir
la
esencia
del
problema
a
un
aspecto secundario
cu6l
es
el
alfabeto.
Y
en
lineas
generales
se resisten
a
colaborar
con los
lingiiistas,
pues piensan
que
no
se
puede analizat
una
lengua
sin
ser hablante
nativo de ella
y
sin
ha-
blarla
corrientemente.
Llegados
a
este
punto de
nuestro
recuento,
ya
sabemos
de d6nde
procedeo
y
en qu6
se
fundan
dichas interpre-
taciones,
y
porque todas ellas son
err6neas
e
inaceptables
para
el
lingiiista.
Finalmente,
no
debemos
silenciar que entre
los
grupos
mestizos
existe
un
infundado
temor
acerca
del
empleo
de
las
lenguas abori-
genes
en
la
escuela.
Se
cree
que se pretende
obligar
a
todos
los
nifros
del
Per6
a
que
aprendan quechua,
y
nada
es m6s
grotesco
que
tal
suposici6n comparada
con
el
planteamiento
que
hemos
su-
gerido,
al
extremo
que
resulta
ir6nico que
no
se
advierta que
se
emplean
las
lenguas
nativas
para
una
lal4s
ftpida
y
eticaz
castalla-
nizrci6n.
Pero
6sta,
tampoco
tiene
por
qu6 conllevar
la
proscrip-
ci6n
o
discriminaci6n
de las
lenguas
aborigenes,
las que,
coexistien-
do
con
la
lengua
general,
que
en
el
PerG
seria
el
espafrol,
manten-
dria
su vigor en
ambientes geogr6ficos
o
sociales
m6s
reducidos.
Otro
prejuicio
suscita
una
reacci6n adversa
entre
los
propios
que-
chua-hablantes
adultos,
quienes
estiman que
no
envian
a
su
hijos
a la
escuela
para
que
se
les
ensefre
quechua,
sino para que
apren-
dan
espaflol.
En
este
caso,
como
en
el
anterior,
es
evideote
que




