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28

dad lingtiistica

y la

escuela

en

las

zonas aborigenes

monolingi.ies.

Durante

muchos

aios,

el

tratamiento

de

cuanto

se

refiere

al

quechua

o

el

aymara,

se

ha visto

comprometido

en los

t6rminos

de

una

disputa

ideol6gica

totalmente extrafia

a la

naturaleza

del

asunto;

si

bien

es

cierto que

en

la

actualidad

ha

perdido vigencia

la

con-

tienda

entre

indigenistas

e

hispanistas,

no

es menos

cierto

que

las

actitudes de muchos hombres prominentes

en

el

pais

y

en

la

orien-

taci6n de

la

politica del Ministerio

de

Educaci6n

contin6a

bajo

el

influjo

de

este

tipo

de argumentos, que,

para

quienes

deseamos

man-

tenernos en

una

esfera exclusivamente t6cnica,

resultan

caducos

y

no

pertinentes.

La

rivalidad

fomentada paralelamente,

por

aquel

enton-

ces,

entre la sierra

y la

costa,

o

la

discusi6n sobre

los m6ritos del

cas-

tellano

y

la

supuesta carencia

de

una cultura

por

parte

de los

cam-

pesinos serranos,

son,

tambi6n,

objeciones

derivadas

de

un

mal

en-

tendido

acerca

de

lo

que

es

el

fen6meno

lingiiistico

y

de

la

reali-

dad

del

Per(.

Por otro

lado,

los

quechu6logos,

disputando

entre

ellos

mismos,

han contribuido

a

preservar

Ia

desfiguraci6n

de

esa

realidad

y

a

obscurecer

las

soluciones

racionales.

Se

les

ha

visto

discutir

acerca

de

la

mayor

o

menor importancia,

de

la

menor

o

mayor

nobleza

del

quechua

de una

regi6n

o

de

otra,

asi

como,

con

empeffo an6logo, se

les

ha visto reducir

la

esencia

del

problema

a

un

aspecto secundario

cu6l

es

el

alfabeto.

Y

en

lineas

generales

se resisten

a

colaborar

con los

lingiiistas,

pues piensan

que

no

se

puede analizat

una

lengua

sin

ser hablante

nativo de ella

y

sin

ha-

blarla

corrientemente.

Llegados

a

este

punto de

nuestro

recuento,

ya

sabemos

de d6nde

procedeo

y

en qu6

se

fundan

dichas interpre-

taciones,

y

porque todas ellas son

err6neas

e

inaceptables

para

el

lingiiista.

Finalmente,

no

debemos

silenciar que entre

los

grupos

mestizos

existe

un

infundado

temor

acerca

del

empleo

de

las

lenguas abori-

genes

en

la

escuela.

Se

cree

que se pretende

obligar

a

todos

los

nifros

del

Per6

a

que

aprendan quechua,

y

nada

es m6s

grotesco

que

tal

suposici6n comparada

con

el

planteamiento

que

hemos

su-

gerido,

al

extremo

que

resulta

ir6nico que

no

se

advierta que

se

emplean

las

lenguas

nativas

para

una

lal4s

ftpida

y

eticaz

castalla-

nizrci6n.

Pero

6sta,

tampoco

tiene

por

qu6 conllevar

la

proscrip-

ci6n

o

discriminaci6n

de las

lenguas

aborigenes,

las que,

coexistien-

do

con

la

lengua

general,

que

en

el

PerG

seria

el

espafrol,

manten-

dria

su vigor en

ambientes geogr6ficos

o

sociales

m6s

reducidos.

Otro

prejuicio

suscita

una

reacci6n adversa

entre

los

propios

que-

chua-hablantes

adultos,

quienes

estiman que

no

envian

a

su

hijos

a la

escuela

para

que

se

les

ensefre

quechua,

sino para que

apren-

dan

espaflol.

En

este

caso,

como

en

el

anterior,

es

evideote

que