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99

rar.

La

comunidad

es,

lo

decimos categ6ricamente,

el

factor

esencial

y

el

pri-

mero

de los

medios

educativos.

Esta

referencia

es

tanto

m6s

necesaria

cuanto

qlte

nos

proponemos

abordar

el

tema de

la

educaci5n

frente

al

problema que

presentan

las

len-

guas

aborigenes.

No

intentamos, pues,

detenernos

en

el

an6lisis,

por

somero

que

sea,

de

la

educaci6n

en

general

o

de

la

educaci6n

del individuo

en parti-

cular,

asunto que

hemos

esbozado

r6pidamente

en

las

lineas

anteriores por-

que

debemos

partir

de

6l

y

apoyarnos en

esa

base

para

intentar

luego

el

des-

arrollo del

tema

mismo.

El

problema que

nos ocupa est6 planteado, fundamentalmente,

por

la

existencia

de

un

grupo

humano que

no

se

ha

incorporado

atin

en

plenitud

a

la

vida

nacional

sino

que,

por el

contrario,

vive

en gran

parte

al

margen

de

ella.

Se

trata,

entonces,

de

favorecer

al

mdximo posible

el

desarrollo

de

un

acelerado

proceso

de

integraci6n

que

ponga

t6rmino

a

esta situaci6n injusta

y

perjudiciai

y

que,

en

consecuencia,

promueva,

con

semejante

rapidez

y

vi-

gor,

la

unidad

de

la

naci6n,

de

efecto

inmediato

en

el

desenvolvimiento

de

su

personalidad

hist6rica que repercutir6 tambi6n

con

presteza

en

el

adecuado

cumplimiento de su

obra.

Nadie podr6

negar

la

importancia

capital de

esos

objetivos

y

la

ur-

gente necesidad

que

hay

de alcanzarlos en breve

tiempo.

Sin

embargo,

las di-

ficultades que

se

oponen

a

la

tealizaci6n

de

tal

prop6sito son, como

sabemos,

de

una

gran

magnitud

y

de

los

m6s diversos 6rdenes. Reconocemos

que

el

as-

pecto

econ6mico es

primordial

y

que,

en

el

momento

presente,

corresponde

a

la

Reforma

Agraria

abrir

las puertas de

la

transformaci6n que todos

anhe-

lamos, pero

debemos

cefiirnos

a

nuestro

tema

y

mantenernos,

por tanto,

den-

tro

del

marco

educafivo.

La

incorporaci6n

o la

integraci6n

de

que habl6bamos

no

puede signifi-

car,

desde

luego,

el

sacrificio

de una cultura

del

grupo

menos favorecido

a

aqu6l que

se

ufana de

marcar

la

t6nica de

la

vida

nacional.

Si un

hombre

es

respetable,

lo

es

mucho m6s

un

pueblo,

una

comunidad humana

que

se

deli-

nea

y

singulariza

precisamente

en

virtud

de

su cultura,

hasta

el

punto

de

que

se

podria

afirmar

que

es

en cuanto comporta

un

mundo

de

ideas,

de

creen-

cias, de simbolos,

de

costumbres, en

forma

tal

qut

suprimir

su

cultura

signi-

ficaria

-si

esto fuera

posible-

nada

menos

que

quitarle

la

vida.

La

integraci6n, que tiene

tanto

que

ver con

la

aculturaci6n

o

transcul-

turaci6n,

ha

sido definida

por

Gonzalo

Aguirre Beltr6n

como

"el

proceso

de

cambio que

emerge

de

Ia

conjunci6n

de

grupos que

participan de

estructuras

sociales

distintas.

Se caracteriza

por

el

desarrollo

continuado de

un

conflicto

de

fuerzas,

entre

sistemas

de

relaciones

posicionales

de

sentido

opuesto,

que

tienden

a

organizarse

en

un

plano de igualdad

y

se

manifiesta objetivamente

en

su

existencia,

a

niveles

variables

de

contraposici6n".

Ahora

bien,

la

lengua

es,

probablemente,

el

primero de los

elementos

culturales,

el

que

se

vincula

m6s

intimamente con

el

pueblo

que

lo

habla,

el